La Selección Argentina empató 0 - 0 con Brasil en un mal partido el miércoles pasado. Jugó con cinco defensores y sólo dos jugadores de ataque. Sin embargo, sólo elogios para el técnico.
Por Darío Mizrahi
Por Darío Mizrahi
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| El orden y el equilibrio defensivo desviven a Sabella. |
¿De qué depende que a un técnico se lo critique o se lo elogie? Está claro que, muchas veces, de la relación que mantiene quien ocupa el cargo con el periodista que, según cada caso, es vocero del castigo o del alago. No obstante, haciendo abstracción de los ejemplos que incluyen a los profesionales espurios, tiene que haber otros motivos que determinen el juicio de valor. Y ahí es donde aparece eso llamado ideología.
Pero ocurre que, en general, así como en la política, en el fútbol las ideologías escasean. Sin embargo, todos tienen cierto conjunto de valores e ideas más o menos contradictorios que los impulsan a gustar de algunas prácticas y discursos, y a rechazar otros. Cuando esas vagas sensaciones devienen dominantes, hablamos de sentido común.
Ahora sí, volvamos a Alejandro Sabella. Su caso es particularmente interesante, ya que -a diferencia de algunos de los últimos técnicos de la selección- no se lo puede acusar de amiguismo con la prensa. Aún así, es alguien muy elogiado por el promedio de los periodistas, que alabaron especialmente los partidos de Argentina que lo tuvieron a su cargo.
La hipótesis: probablemente lo desataquen tanto por esa aura de seriedad que -corresponde reconocerlo- merecidamente se supo ganar el ex técnico de Estudiantes. Lo cierto es que Sabella construyó una imagen -que, insisto, probablemente sea merecida, pero no por ello deja de ser una imagen- de hombre trabajador, cauto, que no deja nada librado al azar y a quien jamás se lo va a encontrar en un exabrupto. Entonces, una pregunta se impone: ¿por qué en este momento es tan felicitada esa seriedad? Porque el sentido común que rodea al fútbol llegó a la conclusión de que, con la eliminación en cuartos de final en la Copa América realizada en Argentina, el seleccionado tocó fondo. En consecuencia, un cambio rotundo se reclama.
¿Un cambio con respecto a qué? Al estilo y a los discursos de los últimos entrenadores que, más allá de sus notables diferencias en términos de idea de juego y en las maneras en que sus equipos efectivamente jugaron, estaban marcados con el sello de la desprolijidad. Tanto Alfio Basile, como Sergio Batista y -mucho más que los otros dos- Diego Maradona construyeron una imagen -en algún caso merecida, en otro injustificada- de falta de trabajo, informalidad y amiguismo.
La realidad indica que, así como en determinadas ocasiones en política el sentido común pide a gritos un cambio de estilo -sin que importe demasiado lo que subyace a esos estilos-, ese mismo sentido común opera de forma asombrosamente similar en el fútbol. Y así como a la desfachatez y al despilfarro menemista la sucedió con amplio consenso la sobriedad y moribundés delarruista -a pesar de que la política económica y cultural era prácticamente la misma-, en esta etapa se impuso la pulcritud y el equilibrio sabellista.
A todo esto, Sabella puso contra Brasil y de local un equipo marcadamente defensivo que, como lógica consecuencia de sus inexistentes posibilidades ofensivas, no atacó con claridad y se llevó un pobre 0 - 0, salvado únicamente por el todavía más apático partido de su rival. No obstante, sólo se llevó elogios. Si es defensivo o no, si tiene tal o cual idea de juego y, más aún, si de hecho juega bien, poco importa. Sabella es serio.



